"La educación es un potente motor de cambio, de superación y de inclusión social. Además, es la herramienta más eficaz para el crecimiento equitativo, perdurable y justo. Por eso, un país se define por su sistema educativo.


No soy experto en este tema, pero toda mi vida he estado, de una forma u otra, relacionado al ámbito educativo; observar nuestra realidad y reflexionar sobre ella me motivó a escribir este libro. En estas páginas expreso mi visión, mi pensamiento y lo comparto con vos para que las conversemos e intentemos mejorarlas.


En educación, los resultados no se ven de un día para otro, tal vez, ni siquiera estemos aquí para notarlos, pero vale la pena hacer este esfuerzo. Todos soñamos con un país mejor, y ese es nuestro destino: una Argentina con inclusión, con generación de riqueza y con una distribución más equitativa. Una Nación sin un chico en la calle, mucho menos en la cárcel; todos en la escuela. 


Estoy firmemente convencido de que esa Argentina es posible y que la educación, es el único camino”.

PRÓLOGO

Este libro de Julio Cobos está centrado en el tema que ha constituido, quizás, su preocupación primordial: la educación y el sistema educativo. Y al tratarse de una prioridad y una preocupación compartidas, he aceptado con sumo agrado su amable invitación a prologarlo. El telón de fondo del trabajo es la centralidad, no muchas veces cabalmente reconocida, de la importancia de la educación, pero sobre todo de su calidad, en el mundo que se ha abierto desde fines del siglo pasado.

Por esta razón, en las primeras páginas se destaca que el surgimiento de nuestro sistema educativo estuvo basado en el compromiso de la elite política de fines del siglo XIX y principios del XX para desarrollar la fenomenal tarea de crear una nación a partir de los fragmentos cuasi feudales, y con permanentes enfrentamientos que caracterizaban a la sociedad que habitaba el suelo argentino. Los procesos de homogeneización social llevados a cabo por el sistema educativo ayudaron a generar una República muy avanzada en el contexto latinoamericano, y una sociedad pujante y conocedora de sus derechos, esto es, sustantivamente democrática. Pero llegamos a las postrimerías del siglo XX, que trajo enormes cambios en la sociedad con el incremento de la diversidad, la desigualdad, la pobreza y las dificultades del mercado de trabajo para ofrecer empleo legal y socialmente protegido a sus ciudadanos y, especialmente, a aquellos que son jóvenes. Y estos cambios profundos en la estructura social se combinan además con un sistema productivo que no demanda grandes contingentes de trabajadores como sucedía en el siglo XX, con industrias como la metalúrgica o la petroquímica. Por el contrario, son las actividades basadas en el conocimiento las que han ido conquistando el liderazgo de la economía y requiriendo mano de obra cada vez más calificada. De allí la importancia que el autor otorga a la relación entre educación, trabajo y juventud, como se aprecia en los capítulos 5 y 6. Nuestra sociedad no ha tomado debida nota aún de la importancia de una política masiva y comprehensiva dirigida a la juventud, una de las principales damnificadas por los grandes cambios sociales operados a partir de fines del siglo pasado.

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Las políticas educativa y laboral en su centro, junto con las políticas cultural y deportiva, son los grandes ejes por los que deberá transitar una política de Estado para los jóvenes, especialmente los de bajos recursos económicos, para evitar que la exclusión a la que estamos asistiendo se consolide definitivamente en nuestro país con la violencia y conflicto que acompañan a este tipo de sociedad. Es por ello que la calidad de la educación adquiere un carácter especial, porque si bien la expansión de la cobertura educativa en todos los niveles del sistema sigue siendo importante, la necesidad va más allá de un mayor número de escuelas, docentes o alumnos, y se torna crucial el qué y el cómo se enseña y aprende. En este proceso, claramente el punto central es la profesión docente, y a ello dedica el autor su capítulo final. No es tanto el ladrillo para construir escuelas, sino la calificación y motivación del docente, factor clave del proceso educativo, el que decide si la educación es o no de calidad. Docentes subestimados, mal pagos y no suficientemente preparados para la sociedad del conocimiento harán estériles los esfuerzos para tener más cobertura del sistema escolar, y este debe ser sin duda el punto a trabajar con intensidad por quienes desean un mejor sistema educativo y, en definitiva, una mejor economía y en consecuencia una mejor sociedad. Muy bienvenido, entonces, este esfuerzo de Julio Cobos, que invita a los principales dirigentes políticos y sociales a ser explícitos sobre qué consideran importante para su sociedad, qué análisis tienen de ello y qué proponen en detalle para lograrlo. La buena política lo agradecerá.